La trampa tecnológica

La trampa tecnológica

¿Cuántos de nosotros no hemos tenido que enfrentarnos a la “basura tecnológica” que nuestros entornos personales, familiares o profesionales han ido produciendo? Cientos, miles o millones de vídeos, CDs, DVDs, etc. se conservan o se acaba por venderlos, tirarlos a la basura o destruirlos ante el hecho de haber quedado obsoletos en sus posibilidades de reproducción; cámaras de cine (tomavistas) o fotográficas, aparatosa de fax, impresoras, ordenadores, teléfonos móviles, radios, discos, electrodomésticos, automóviles… todo ello sometido a un rápido —y muchas veces arbitrario e interesado— cambio de modelo impuesto por el mercado y apoyado por los gobiernos.

El automóvil que todavía es capaz de llevarnos de un lugar a otro con una mecánica envidiable, debe ser sustituido por un modelo actual “más eficiente”, pero mucho menos seguro en sus complejas prestaciones electrónicas. Para ello es necesario concienciar (manipular) previamente a los usuarios de que conducir un coche con más de tres o cinco años de antigüedad, pone en riesgo la seguridad vial. Nuevamente la paranoia de la “seguridad” como forma de insuflar en el ciudadano el miedo y el complejo de culpabilidad.

La informática —que tan útil es— se ha transformado en un icono personal y profesional que se ha impuesto como “imprescindible” sustituyendo a las personas por máquinas (desempleo), a los documentos por “archivos”,a la relación y a la inteligencia personales por la supuesta “inteligencia tecnológica” con su argot particular (blogs, redes, facebook…), sólo para iniciados en la secta: los llamados “homo digitalis” según un acertado libro del experto en comunicación y periodismo Román Cendoya (“rEvolución: del Homo Sapiens al Homo Digitalis”), que llega a dividir a la sociedad actual en tres grupos de personas: “prebotónicos”, “botónicos” y “táctiles” según su habilidad (o alienación) tecnológica, pronosticando la sustitución del “sapiens” (sabio) por el nuevo “digitalis” que podríamos traducir como “orientado”, “tutelado” o simplemente “inmaduro” por su dependencia (siempre negativa) de la máquina y, en otro orden, de quien la diseña y desarrolla con fines discutibles.

La comunicación telefónica (aquella que hacíamos de niños con dos botes y una cuerda) ha añadido al “homo digitalis” como una extremidad permanente, los iPhone, smartPhone y otras cursiladas parecidas, que han sustituido no sólo su esencia (llamar y recibir llamadas e incluso mensajes), sino una multitud de otras aplicaciones de mayor o menor utilidad pero, sobre todo, de mayor coste y más complicaciones técnicas que, en muchos casos, llegan a anular su fin principal. Ya son habituales los ciudadanos que se cruzan sin mirarse, sólo pendientes de la pantalla luminosa que, como una mutación genética (todo se andará) ha aparecido en su mano.

Internet, como herramienta de información, ha producido tal cúmulo de la misma, que se ha convertido en muchos casos en pura desinformación y la búsqueda o la “navegación” puede llevar mucho más tiempo que las consabidas búsquedas en archivos o bibliotecas, a menos que nos quedemos en los aspectos más elementales pues ¿quién es capaz de revisar más de un millón de entradas por tema para seleccionar algo?

“…todo este diluvio de información, su inmediatez y la fragmentación de la identidad, también hacen del “homo digitalis” un ser enfermo…”

Estas palabras y las siguientes en cursiva, pertenecen a un excelente artículo del astrónomo Rafael Bachiller en el diario “El Mundo” (23.4.2015) que advertía de la situación de dependencia tecnológica: “El nuevo hombre está en un estado de sobreexcitación que se presta a desarrollar comportamientos adictivos y trastornos de tipo obsesivo-compulsivo”. Nada más cierto. Basta con observar alrededor para darnos cuenta de que algo grave se está produciendo en una sociedad que se siente perdida, con proyectos e ilusiones banales o sin ellos, lo que es más grave. La máquina decide por ellos y, detrás de la máquina, alguien nos controla para conocer nuestras aspiraciones, aficciones, sentimientos…

“…El presunto “homo habilis” también enferma al renunciar a su intimidad, al verse conducido a compartirla con millares de “amigos” buscando su “me gusta”… Se ve abocado a maquillar sus experiencias… a exhibir sus pequeños triunfos o a disimular sus fracasos. Debe enviar mensajes interesantes continuamente y se ve obligado a crear un espectáculo extraordinario con su vida.” En definitiva, se ha creado una obligación que antes no tenía. El autor del artículo comentado añade: “A menudo la tecnología levanta barreras entre próximos y propicia actitudes emocionales y sociales de gran precariedad. Todos estos comportamientos patológicos permiten augurar que los movimientos de crítica y resistencia a Internet vayan en aumento…” cómo lógica reacción social a una mutación impuesta en la que peligran nuestras libertades más básicas.

Efectivamente y pesar de esta alienación tecnológica, muchos autores empiezan a pronunciarse contra ella no sólo por lo que la “basura tecnológica” y la dedicación constante que requiere impide nuestras reflexiones y criterios propios, sino también por la ideología claramente totalitaria que esconde. Ya se empiezan a comprobar las reacciones sobre las “necesidades” que nos han impuesto y que hemos aceptado con la resignación del sometimiento de siempre. Ya no podemos hacer fotos en blanco y negro porque alguien se ha cargado la industria de la fotografía analógica para imponer la digital. Ya no podemos hacer gestiones personales en entidades, administraciones o comercios, porque ya se nos ha impuesto la “digitalización” de nuestras acciones cerrando las puertas a otras posibilidades. Ya no podemos decidir por nosotros mismos o expresar nuestras opiniones en forma directa, porque alguien ha decidido que están mejor “enlatadas” y confundidas entre el barullo de la tecnología.

La trampa tendida es muy inteligente y precisa también de mucha inteligencia para no caer en ella o, en todo caso, transformarla en una simple herramienta que se usa cuando conviene y se deja muda e inútil mientras tanto. Cada nueva línea automatizada de trabajo, significa dejar en la calle a cientos de personas por inútiles ya en la cuenta de resultados de quienes se blindan tras la tecnología para no responder de sus actos.

Acerca de Juan Laguna

Colaborador de Fundación Emprendedores.

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