La religión como excusa

Desde el comienzo de la historia de las civilizaciones, la religión ha sido la excusa para, desde el fanatismo dogmático o las simples ansias de poder, desencadenar conflictos bélicos y enfrentamientos sociales, hasta el punto de ser tachada en su momento por el pensamiento marxista de “opio del pueblo”. Un producto tóxico que, cuando trasciende la intimidad personal de las creencias, se convierte en arma de combate.

Unos y otros han utilizado el grito de guerra religioso correspondiente, como justificación de actos bárbaros, masacres y genocidios en todos los rincones del planeta. La exclusión de los demás, de los diferentes, ha sido el objetivo de todo “iluminado” que ha creído en el predominio de una raza, de una cultura o de una religión sobre las demás y en la necesidad -en su caso- de su destrucción. Los gritos y tambores de guerra han redoblado convocando a los fieles de un tipo y del otro para santas cruzadas de aniquilación.

El conflicto permanente entre quienes prefieren mantener situaciones pacíficas y los que buscan y azuzan enfrentamientos por unas razones o intereses más o menos justificables, ha manchado de sangre muchas páginas a través de los tiempos y, desde luego, parece que no cesará hasta que la violencia sea erradicada por convencimiento propio como muestra del fracaso como seres humanos. En cambio, la mayor parte de las manifestaciones mediáticas o de entretenimiento alimentan constantemente los instintos más bajos de las personas: desde la televisión a los miles de filmes cuya razón comercial de ser parece estar en el lucimiento de efectos especiales de destrucción; desde los juegos electrónicos a la literatura que pretende ser juvenil pero que remueve, orienta, y manifiesta actos bárbaros, héroes imposibles y personajes siniestros.

Por otra parte, una industria militar a la que -según se nos dice- debemos apoyar en aras de una supuesta seguridad ciudadana, consume mientras tanto importantes bocados de los presupuestos públicos de cada país. En unos casos para operaciones ofensivas de ataque, en otros en situaciones de defensa ante tales ataques. Parece que este juego atroz de la muerte figura en lugar preeminente entre quienes gobiernan cualquier estado del mundo. “Si vis pacen para bellum” (si quieres paz prepara la guerra) es la frase en que se condensa la filosofía belicista y de manipulación económica de intereses bastardos que intenta convencerse y convencer a las sociedades de la necesidad de las guerras.

En este momento renacen las cruzadas y se agudiza el enfrentamiento entre dos concepciones distintas (ni mejores ni peores) de unas religiones o creencias que, curiosamente, tratan de mejorar a las personas en su fin último utilizando vías diferentes. Tanto una como otra están arraigadas en la Historia y tienen millones de seguidores que, con buena fe y mejor voluntad, confían en ellas para sentirse dignos de un premio o merecedores de castigo. El pulso entre ellas se viene realizando con la introducción gradual de sus respectivas formas de vida y costumbres en las del bando contrario. La globalización lo ha permitido e incluso ha servido de caldo de cultivo para esa interacción social que, a grandes y como más importantes rasgos, nos lleva a reconocernos como seres humanos obligados a subsistir de unas formas comunes: alimento, trabajo, vestido, vivienda, formación y salud. Lo de menos es el aspecto exterior de cada uno. En todos los casos tendremos personas más cómodas con unas indumentarias que con otras, más estrafalarias unas que otras, más o menos coloristas; tendrán sus hábitos alimenticios distintos pero todos buscan la mejor nutrición; tendrán músicas, arte, arquitectura diferentes, pero todo ello tendrá los mismos y comunes objetivos: entretener, enseñar… Es la biodiversidad enriquecedora frente a la homologación empobrecedora. Es la libertad responsable frente a la imposición prepotente del tirano.

Con motivo de los crueles atentados de París, como con los atentados de cualquier índole cuya única razón es la violencia y que se suceden en todos los ámbitos, la sociedad vuelve a sentirse vulnerable e insegura ante los mensajes de todo tipo que les llega a través de los medios de comunicación: “hay un enemigo común a combatir”, “hay que armarse mejor” o lo más grave: debemos suprimir libertades y extender la sombra de la sospecha sobre todo aquel que nos parezca o sea distinto.

La violencia siempre es un fracaso social, como la guerra es un fracaso político. Algo que escapa a nuestra capacidad de construir para dedicarnos a destruir pueblos, culturas y civilizaciones por el simple hecho de que “no son de los nuestros”. En países como EE.UU. la violencia racial sigue siendo un hecho que demuestra lo arraigado del fanatismo dogmático en el pais modelo de las libertades. En Europa las luchas son por cuestiones tan sustanciales como el empleo, escaso y mal pagado en cuanto está más repartido, produciendo grados distintos de rechazo y xenofobia al inmigrante. En el mundo oriental se debaten entre la aceptación de la globalización y la pérdida de identidades culturales o la lucha (mal entendida muchas veces) por su defensa. En todos los casos hay intereses geoestratégicos, económicos y de predominio que acaban de ensuciar el panorama. No nos entendemos, porque hay quien se ocupa de impedirlo de una forma u otra; no nos entendemos porque todos nos sentimos superiores a los demás; no nos entendemos porque la palabra, el debate directo, las razones, han sido sustituidas por la guerra, la violencia o la barbarie. Los muertos, la desesperación y la miseria en cada bando deben caer en las conciencias de quienes provocan y separan, en los que destruyen la historia, las religiones y las culturas con cualquier pretexto. Sólo la superación de la violencia por nuestra calidad humana y el respeto por todo lo que nos es ajeno aunque incomprensible, permitirán construir juntos y erradicar las excusas religiosas como justificación de lo injustificable.

Acerca de Juan Laguna

Colaborador de Fundación Emprendedores.

Esta entrada fue publicada en Opinión. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *