El deporte ama a la democracia

Al deporte le sienta bien la democracia, y al respectivo, a la democracia le sienta bien el deporte. Ésta podría ser una de las conclusiones del rocambolesco final de la Copa del Rey de España entre el Sevilla y el Barça, disputado en el estadio del Atlético de Madrid el domingo.

Rocambolesco, digo, por el envoltorio político-electoralista en que lo envolvieron los estamentos políticos o seudo-políticos del momento. Que si prohibidas las esteladas en el estadio, que si algunos políticos catalanes se niegan a acudir al partido, que si el juez competente desautoriza la prohibición de los políticos o seudopolíticos del momento, que si meter diez mil banderas escocesas como sucedáneo de las esteladas, que si las esteladas son autorizadas tras la sentencia del juez, que si la Colau, que si la Carmena, que si silbatos para pitar el Himno heredado de la tradición monárquica…

Finalmente, con los apaños de la Televisión, les salió la representación más o menos presentable. Porque la Televisión enfocó más bien a la afición sevillana y sus banderas españolas, y dio esquinazo a los espectadores del Barça, El himno nacional que la Transición prefirió al otro himno heredado de Riego sonó medianamente bien, casi sin el fondo de pitidos que se esperaba.

Pero finalmente entró en escena el fútbol, el deporte, la lucha a tope entre sevillistas y barcelonistas, una lucha con tonos de épica, con un arbitraje que tuvo su punto de dramatismo y tragedia, y su equilibrio e imparcialidad…Y el suspense del resultado, y el final apoteósico, y el saber perder con dignidad y elegancia de los unos y el ganar de los otros con el respeto a los vencidos…Y la parada en Canaletas, pasando por la Cibeles, y el recibimiento en la puerta sevillana de Jerez…

¿Quién ha dicho que el deporte es un elemento alienante, quién repite por activa y por pasiva, para criticar a los forofos del deporte, aquello de los romanos de “Pan y Juegos de circo”?

La pasión por el juego limpio y el esfuerzo físico enaltece al ser humano, si se la toma como hay que tomarla, como un momento de relajación, como un juego y un placer.

Sobre todo si viene aderezada en el juego democrático en que vino el domingo, tras haber superado elegantemente el otro juego “sucio” del politiqueo.

Una pena que nuestro deporte nos ponga a la vista todas nuestras limitaciones y todas nuestras vergüenzas, que nos descubra la necesidad urgente que tenemos de definir nuestra concepción de la convivencia entre los habitantes de nuestra península, el respeto a todas las ideas y todos los proyectos de Estado, a todas las músicas que nos definen y nos diferencian.

Dicen que en Francia pasa algo parecido, que hay franceses que adoran la Marsellesa y otros que no, que en todas partes cuecen habas. Que en Europa suenan en estos momentos músicas de los años del fascismo.

Paciencia, sufridores. Y para remediar todos estos desajustes, aumentar la dosis de deporte y de democracia. Con un poco de suerte, el partido terminará felizmente en Canaletas, en Cibeles y en la Puerta de Jerez.

Acerca de Serralaitz

Serralaitz, el seudónimo usado por el autor en atención a su lugar de nacimiento, es un localismo que corresponde al nombre dado en la zona a una sierra riojana: la Sierra de la Hez, un conjunto de montañas en el corazón de La Rioja, entre las comarcas de Rioja Baja y Alto Cidacos-Alhama y Cameros y a una altura superior a los mil metros. Desde esa altura, cuando no hay niebla, las cosas se aprecian de una forma muy especial.

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