Diego López de Haro

Don Diego y los bereberes

Don Diego López de Haro, fundador de Bilbao, lucía como de costumbre su Carta Fuero de la villa que fundara en el año de 1300 desde su estatua de bronce. El sábado 31 de marzo, una multitud de miles de personas pasó a sus pies, los más nativos de la villa o del País vasco, pero también inmigrantes de África, Asia y América. Entre todos ellos destacaban por su atuendo un grupo numeroso de bereberes con sus banderas de colores vivos y su media luna, y afirmando su feminidad y su fe islámica mujeres ataviadas a la europea o con su velo tradicional.

Desde su atalaya y su Fuero de Bilbao, Don Diego se removió un tanto airado al ver a bereberes y velos musulmanes, él, luchador contra los árabes allá en la Reconquista, y puso su mano sobre la empuñadura de su espada curtida en mil batallas.

Pero entre la multitud, vigilante y protectora, Mari, la Dama de Anboto, la diosa y la sembradora de paz y harmonía entre todos los habitantes de Euskal Herria, cuyas quejas y demandas y pleitos atiende visitando con frecuencia los montes más altos y escuchándolos a todos, Mari, la esposa de Don Diego según cuenta la leyenda, se le acercó para calmarle..

Mari explicó a su esposo y Señor que los norteafricanos presentes en aquella riada humana eran en su mayoría, si no nativos de Euskadi y vascos de ocho apellidos, bereberes compatriotas de San Agustín y su madre Santa Mónica, integrados en tierras vascas y aceptados por los vascos. Le explicó además que las demandas que gritaban en la manifestación eran de un mínimo vital asegurado, de acceso a la educación y a la sanidad y al trabajo de acuerdo con la Declaración de los Derechos humanos.
Y pasaron con sus banderas y su media luna los bereberes compatriotas de San Agustín y Santa Mónica, y don Diego los saludó alzando el brazo con su Carta de los Fueros de Bilbao en la mano. Y a las señoras del velo y la vestimenta árabe o europea les dibujó una inclinación de cabeza en señal del más exquisito respeto. Y los unos y las otras le respondieron con la gratitud y la hidalguía con que cualquier humano bien nacido responde al respeto y amistad que se le ofrece.

Don Diego López de Haro, cuyo apellido denuncia su procedencia de allende el Ebro, recordó de su tierra riojana la presencia árabe que perdura hoy todavía en nombres como Alcanadre, Albelda, Alfaro, Alhama, el tributo de las “móndidas” o doncellas que eran enviadas desde la Rioja como obsequio a los califas de Córdoba…Pero Mari le recordó que estos no son tiempos como aquellos, que ha habido una “globalización”, que las religiones ya no son lo que eran, que el mundo necesita relajarse, dejar las armas y dialogar, intercambiar, comerciar, y que lo que uno siembra eso recoge, si violencia violencia, si sonrisas sonrisas…

Y la Dama de Anboto le recordó a su esposo y Señor que aquellos hombres y mujeres habían venido a Euskadi navegando en pateras, o en los bajos de los camiones que atravesaban el Estrecho en Ferrys, y que tras intentar trabajar en Almería habían subido hasta Barcelona, y finalmente habían recalado en el País Vasco, y que entre los africanos este País es considerado si no como acogedor y respetuoso, sí como el menos agresivo y hostil.

Al día siguiente los medios informativos contaron “a su manera” la tal manifestación que reclama la implantación del RGI en todo el Estado. Curiosamente, en las imágenes de la tal manifestación no aparecía ningún atuendo norteafricano ni bandera bereber. Seguro que se produjo un olvido colectivo entre los informadores o los inspiradores de los medios informativos.

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Acerca de Serralaitz

Serralaitz, el seudónimo usado por el autor en atención a su lugar de nacimiento, es un localismo que corresponde al nombre dado en la zona a una sierra riojana: la Sierra de la Hez, un conjunto de montañas en el corazón de La Rioja, entre las comarcas de Rioja Baja y Alto Cidacos-Alhama y Cameros y a una altura superior a los mil metros. Desde esa altura, cuando no hay niebla, las cosas se aprecian de una forma muy especial.
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