División partidaria y social

Se considera a los partidos políticos como la expresión del pluralismo ideológico de una sociedad democrática y, por ello, se les ha otorgado la confianza de la mayor parte de los ciudadanos que, o bien los apoyan sectariamente (sin condiciones) o bien lo hacen coyuntural y temporalmente creyendo sus promesas electorales.

El cambio de régimen político —aunque solo fuera en aspectos formales— trajo a España una nueva ilusión: la de reconciliación entre los españoles, cualquiera que fuere su ideología o creencias, superando con ello la división que, al final, desembocaría en una guerra fraticida entre españoles.

La cuestión es que, para ello, se construyó una estructura política y territorial que, lejos de fomentar ese reencuentro, ha ido derivando en desencuentros cada vez más ásperos, cultivando exclusivamente la confrontación, removiendo viejos fantasmas del pasado que creíamos superados y perdonados pero, sobre todo, volviendo a crear división entre quienes creíamos que el diálogo, la razón y el interés común, prevalecerían en esta nueva etapa de España.

Transcurridos ya cuarenta años del cambio de régimen, somos conscientes de que el antagonismo disfrazado de supuestas “izquierdas” y “derechas” o de los “nacionalismos” amamantados por una Constitución que ha sido asaltada, modificada “de facto”, interpretada por el Derecho a conveniencia y violentada desde las propias instituciones, sigue latente en muchos de los llamados “partidos políticos” y azuzado social y mediáticamente. No hemos avanzado nada más que en la corrupción rampante, en los intereses personales, en el endeudamiento y en la quiebra de valores y principios que antaño eran la verdadera “marca España”.

Pero la cuestión va más allá. El partido político no ha sido el lugar de debate y encuentro de ideas abierto a todos, sino que se convirtió en una verdadera secta de poder, donde lo único importante era conseguirlo y mantenerse en él a toda costa. A costa de clientelismo pagado desde los presupuestos, como hemos visto recientemente con las diferentes varas de medir con que se han intentado “comprar” voluntades, condonando deudas autonómicas mientras se estruja y oprime a los administrados que no tienen esas “bicocas” tributarias.

Quizás muchos fueron y estuvieron en esos partidos creyendo de buena fe en ellos, pero en su mayor parte se apartaron asqueados de su funcionamiento real. Otros, los más, vieron en estas organizaciones el “modus vivendi” más cómodo para su proyecto personal. Los casos que poco a poco van aflorando, vienen a demostrar cómo se puede hacer “caja” desde las propias instituciones administrativas o partidarias, o como se puede mantener clientes y estómagos agradecidos para seguir en el poder. Todo el entramado público, corporativo, sindical y social se ha nutrido de los fondos presupuestarios que los contribuyentes alimentan.

Nuestro pluralismo ideológico es escaso. Una socialdemocracia impuesta desde el artº 1 de la C.E., con variantes ligerísimas en sus programas y actos, ha venido a ser la bandera de todas las formaciones políticas clásicas y, lo más lamentable, de las emergentes. “No hay pan para tanto chorizo” se gritaba en las calles allá por aquel 15M (secuestrado y capturado por formaciones que tampoco representan a los ciudadanos). A partir de ahí podemos entender lo que viene pasando en el seno de estas formaciones y su división interna. No parece que la “teta socialdemócrata” sea suficiente para todos los que viven de ella. Como ocurre con las crías del reino animal que se disputan el alimento en función de su fuerza física o destreza, otros se pelean entre sí por ver quien saca mejor tajada o ración de las ubres del Estado y su periferia ante la “indignación” de quienes (muy pocos) siguen creyendo en los “ideales”.

Los partidos políticos en toda Europa (y en general en todo el mundo) han caído en el descrédito y la desconfianza. Carecen de proyectos serios y rigurosos. Sus “programas” no constituyen un verdadero compromiso electoral, por lo que no sirven de nada y en muchos casos, no responden a realidades sociales o económicas. Las “derechas” y las “izquierdas” históricas ya han sido enterradas y, por ello, sólo se pelea por el poder de grupos de intereses organizados.

En España se arrastra además el complejo de “nuevo rico” o, lo que parece ser lo mismo, del gasto o despilfarro que justifica la mala gestión pública que la propia CNMC cifraba en unos 48.000 millones de euros en contrataciones públicas. Algunas (o demasiadas) con porcentajes de mordidas a las que muchos aspiran. El “comisionista” ahora se llama “lobby” y queda más fino pero el resultado es el mismo: vivir de la intermediación. Hemos tenido ilustres personajes que parece les ha dado resultado lo del %. Mientras tanto, mientras surgen “nuevos ricos” que se amparan entre sí o, por el contrario, hacen “fuego amigo”, la precariedad laboral de la socialdemocracia capitalista, obliga a los nuevos esclavos al sometimiento y al silencio.

Los partidos ya no sirven. Al menos tal como están concebidos y cómo se han desarrollado. Hace falta nuevas formas de representación política que sean más democráticas y representativas de una sociedad que repudia lo existente. Es tiempo de reinventar (o de recuperar) afanes comunes a todos, intereses de todos sobre los intereses de parte; de una justicia social y económica que premie a quien lo merezca de verdad, no a quien se ha visto aupado por las relaciones o las circunstancias; es preciso reencontrar y confiar porque nos mueven los mismos principios. No, los partidos —como tantas otras formas de organización política o territorial— ya no sirven a los intereses del Estado en su conjunto. Menos aún a los intereses de una ciudadanía cada vez más insegura ante un futuro incierto que nos cogerá por sorpresa.

Su división interna es una muestra más de la división social y económica que padecemos y de la conculcación del principio constitucional de “igualdad” a base de privilegios injustificados. De la perversión de los conceptos básicos que deben regir un Estado donde debe predominar lo “humano” sobre lo “técnico”, lo “político” o lo “administrativo”. Donde lo público y su administración no sea otra cosa que servicio y sometimiento a quienes, con gran esfuerzo, mantienen ese proyecto común que se llama España: los sufridos ciudadanos.

Acerca de Juan Laguna

Colaborador de Fundación Emprendedores.
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