Cuanto peor, mejor

Una gran oportunidad para España

Pensándolo bien, este latiguillo tan certero de “cuanto peor, mejor” puede servir tanto a los intereses de los enemigos contumaces de la nación y la democracia española como a los que llevamos a España y las libertades entrañadas en nuestro corazón, nuestro cerebro, nuestras esperanzas y , en definitiva, en nuestra vida. Desde esta actitud, creo hay que valorar la diabólica complejidad de los resultados electorales en la perspectiva de una magnífica oportunidad, que no podemos perder para la regeneración y relanzamiento perfectivo de nuestra convivencia. En efecto, puede ser el momento más favorable para proceder a la depuración de vicios y excrecencias acumulados e incrustados en el cuerpo político como practicas reiteradas y la tendencia cortoplacista al consentimiento y protección de la partitocracia como forma perativa de gestión política, que ha sido aceptada resignadamente por la ciudadanía hasta un límite que ya, afortunadamente, resulta insoportable.

Hay algunos factores que cobran el rango de la dogmatica democrática que ayudaran a convenir que la situación actual es efectivamente, después del logro consensuado de la Constitución española, la mejor ocasión que se nos ha presentado. Su logro pasa por algunas proposiciones. En primer lugar, la primacía del interés general sobre los particulares de partido o personales. En este valor capital se debe reflexionar sobre dos lemas muy repetidos: el ya comentado del interés general, y el de la coalición de perdedores que está ligado a la efectividad de los resultados obtenidos. Según estos resultados, Mariano Rajoy y Pedro Sánchez se incorporan también a la nomina de los perdedores. El primero con atenuantes, pero perdedor aunque haya ganado las elecciones. No se tiene noticia de semejante descalabro desde las elecciones del 1982 en que la UCD resulto enteramente laminada, con el agravante de que Rajoy partía del momento más alto de aceptación y gratificación electoral del partido popular. Solo esta catástrofe objetiva, por no entrar en otras consideraciones plausibles, exigiría que Rajoy resignase su opción y diera paso a un político menos crucificado, justa o injustamente. El PP puede y debe salvarse porque sigue siendo un gran partido, enorme, para las dimensiones y estructuras que lucen los demás.

En cuanto a Sánchez solo debiera esperarse su dimisión responsable o, por defecto, su sustitución fulminante. Sánchez partía del punto más bajo de reconocimiento electoral en la historia del PSOE y su hazaña ha consistido en rebajarlo en 20 escaños, y en Madrid quedar vergonzosamente situado en la cuarta posición.

Esta circunstancia que se pretende disimular con la infumable presunción de que los españoles le han confiado el liderazgo del cambio y quizá, si sus propios no lo remedian, la magistratura de Presidente del Gobierno. Me atrevo a decir, presiente de un desgobierno descomunal e ininteligible para propios y extraños.

Este es el esencial aserto: nadie vale más que el interés de la nación. Hay que considerar también la eliminación del mantra que el PSOE oficial sostiene respecto a su dogma particular, – pero bien ejercitado con otros muchos- de que con la derecha o se puede pactar cualquiera que sean las consecuencias para España. Se pudo, se puede y se podrá en función de la talla de los políticos que tienen la obligación de recomponer los resultados electorales a fórmulas de entendimiento que sirvan a España y, por tanto, a todos los españoles en situaciones como la que atravesamos.

Carece de interés cualquier consideración sobre el eslogan de que los ciudadanos nunca se equivocan. Se equivoquen o no, lo que permanece como exigible es que los políticos hagan viable lo descompuesto. Y, por definición, ello siempre es posible.

Estimula más a la composición consensuada la consideración de la situación interna de España y la posible evolución negativa de la economía mundial, que nos golpearía tanto más si no hay estabilidad de gobierno, que significa previsibilidad, seguridad y confianza política, jurídica y económica. Los partidos constitucionales tienen como premisa justificatoria de su existencia y probablemente de pervivencia, el frenar y destruir el desafío separatista catalán y desarticular el populismo irresponsable que se ha erigido en brazo político a escala nacional de las pretensiones separatistas locales. Y también, con la misma importancia, impedir el más que previsible caos económico social, inoculado por el chavismo rampante de los populistas.

A estas alturas del itinerario histórico de España, el rechazo a Europa, al euro, a la Otan, al sistema de libre mercado, a la alianza antiterrorista y para colmo, a la unidad territorial de España, es sin paliativos, una oferta para algún paraje remoto de Afganistán, no para España. En cuanto a las propuestas hasta ahora explicitadas, merece comentarse la de ciudadanos que es sensata y debiera ser aprovechada en todo, si es posible, o en parte. El todo es un gobierno popular apoyado de forma estable por un acuerdo básico y público de todas las fuerzas constitucionales para el completo mandato parlamentario o, en su defecto para dos años con el pacto de que gobierne el PSOE a la mitad del periodo parlamentario pero siempre observando los principios consensuados con vigencia para toda la legislatura. Y si por el empecinamiento del PSOE la propuesta de Rivera no pudiese hacerse efectiva, valdría la pena considerar la formación de un gobierno de emergencia nacional por el PP y Ciudadanos. Si el PSOE de Pedro Sánchez quiere destruirlo con ayuda inexcusable de los separatistas en su momento, en una nueva convocatoria electoral en la que el icono seria el voto útil, que presumiblemente no favorecería al PSOE ni a las criaturas a las que esta nutriendo: Podemos y sus diversas mareas.

Una última reflexión sobre el cambio necesario que se entiende, a mi parecer, como la regeneración de estructuras y medios de una democracia fatigada y viciada tanto por el PSOE como por el PP y que contiene variadas temáticas fundamentalmente la despolitización de la justicia, una ley electoral igualitaria para el congreso, el blindaje de los derechos sociales asistenciales y las pensiones, y otros menores. Estos temas son cosas de todos los ciudadanos y no puede arrogarse su liderazgo uno de los responsables de muchos males en la historia reciente de España y que para colmo, ha perdido clamorosamente, en todos los territorios en los que ha funcionado como nodriza y soporte para la eclosión de heterogéneos partidos anti sistema, separatistas e incluso, cantonalistas.

Si por último se llega a una nueva convocatoria electoral, los ciudadanos verían cumplidos los peores presagios respecto a la categoría de sus principales primeros actores, Rajoy y Sánchez.

Acerca de Fernando Lanzaco

Licenciado en Derecho y en Ciencias Políticas. Periodista titulado por la Escuela Oficial de Periodistas, pertenece al Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado. Ha desempeñado, entre otros, los puestos de Subdirector General de Coordinación Administrativa del Ministerio de Educación y Ciencia, Presidente del Instituto Nacional de Asistencia y Promoción al Estudiante, Director General de Personal de Ministerio de Educación y Ciencia, Subdirector General del Ministerio de Justicia y Gerente de la Universidad Politécnica de Madrid.
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Una Respuesta a Cuanto peor, mejor

  1. Gonzalo Perez Fernandez del Pozo. dijo:

    Con la mayor alegría puedo constatar que afortunadamente quedan en nuestro pais personas sensatas enjuiciadoras del pasado,de la actualidad y planteamiento de futuro que tanta falta estan haciendo para que España pueda hacer gala a lo que significa su nombre.

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