Crisis de la política, crisis de los partidos

En España puede decirse que, históricamente, crisis política es sinónimo de profundas crisis de los partidos políticos. Muchos españoles que vivimos con ilusión el final del franquismo y el inicio de la Transición democrática, estábamos convencidos que los antecedentes dramáticos que nos precedían —siglo XIX convulso, Restauración canovista, Dictadura primoriverista y la Segunda República, antesala de la Guerra Civil— suponían una vacuna suficientemente potente para no repetir los errores que nos llevaron reiteradamente al desastre. 40 años de régimen democrático no han podido evitar que nuestros viejos demonios del pasado hayan reaparecido y hoy volvamos a estar instalados en una crisis cuyas consecuencias son impredecibles y en la que, como veremos, vuelven a ser responsables en primera instancia nuestros partidos políticos.

La situación por la que atraviesa actualmente el PP tiene muchas semejanzas con los avatares que llevaron al Partido Conservador canovista a entrar en una senda de división sin retorno. En el congreso de Valencia, Mariano Rajoy —un hombre sin carisma— decidió hacer un partido personalista y ajeno a la implantación de procedimientos democráticos internos; e incapaz de ceder su liderazgo después de cuatro años en La Moncloa, ha dejado una formación malherida, principalmente por la huella indeleble de la corrupción. Ha malversado su mayoría absoluta y ha rehuido hacer política, al no querer enfrentarse con algunos problemas muy graves (Cataluña, Ley Electoral, Justicia, etc.) y ha convertido su mandato en una gestión puramente tecnocrática volcada exclusivamente en la economía, donde ha conseguido los logros más plausibles, después de recibir un país en quiebra.

La crisis del PSOE es más profunda y más grave. No se basa simplemente en que sufra un liderazgo débil. Pedro Sánchez es el final de un proceso que empezó hace casi 30 años, cuando el partido —coincidiendo con el referéndum de la OTAN (1986)— se convirtió en una fortaleza interior inexpugnable donde no cabía la discrepancia y en el que la cooptación era la única ley que imperaba en la configuración de los órganos del partido y en la confección de las listas electorales. El partido adquirió un poder institucional inmenso, parejo a la aparición de casos de corrupción que escandalizaron a la sociedad española. Esto fue así mientras perduró el liderazgo de Felipe González y la autoridad indiscutible de Alfonso Guerra sobre las estructuras orgánicas, lo que también hizo posible que el PSOE actuara como un partido nacional que todavía no había fragmentado la ambición de los barones regionales.

La ascensión de Rodríguez Zapatero a la Secretaría General en el congreso del 2000 —y, posteriormente, a la presidencia del gobierno en 2004— alteró este relato: rompió con los consensos que hicieron posible la Transición, y fue más allá; privilegió a los nacionalistas, no sólo para hacer posible la gobernación, sino para arrojar de forma suicida al PP fuera del juego democrático. Esto y un discurso radical ocupando el espacio ideológico y electoral de Izquierda Unida han sido sus señas de identidad. Sánchez es la continuidad del zapaterismo, pero con un estilo más prepotente y una exhibición de superioridad moral que roza lo grotesco. La vieja ideología socialista —la que descansa en la igualdad— se ha quedado reducida a los discursos para el consumo de masas y en el reparto de subvenciones. El partido se ha configurado como una máquina para ganar elecciones y mantenerse en el poder. Esta es su verdadera ideología. Pero algo ha fallado. Aparte de que su gestión de gobierno entre 2004 y 2012 fue un fracaso manifiesto, es que el partido no se sabe lo que es. Sus dirigentes dicen que son un partido socialdemócrata de corte europeo, mientras que sus bases han sido adoctrinadas en el radicalismo y en la demonización de la derecha. Sus operaciones de poder con Podemos para repartirse al alimón Ayuntamientos y CCAA no les permiten engañar a nadie.

Siendo PSOE y PP los dos partidos que se han alternado en el poder desde 1982, sobre ellos recae el mayor peso de lo que acontece en este momento. Ahora está por ver que los partidos emergentes no reproduzcan los mismos errores. Podemos ha sabido aprovechar muy bien las debilidades del PSOE. Tomando como punto de partida una crisis económica muy severa, que ha llevado a muchos miles de familias españolas a la exasperación, ha elaborado un discurso emocional —inherente a un populismo de izquierdas— que permite ofrecer a la gente lo que quiere escuchar, aunque muchas de sus recetas están más cerca del delirio voluntarista que de la realidad del entorno geopolítico en el que vivimos, y, si no, tengamos presente la experiencia de Syriza en Grecia. Su proyecto (donde asumen que sea IU, su socio principal, el que enarbole las viejas banderas del comunismo) es más propio de una sociedad latinoamericana que europea, empezando por el perfil caudillista de su líder, que exhibe una visión descarnada del poder, para cuya conquista todos los ropajes de camuflaje político son válidos.

Ciudadanos representa una verdadera incógnita si nos atenemos a los diferentes pasos que va ejecutando. Partiendo de una posición ideológica propia del liberalismo, lo que le permitió encontrar su principal caladero de votos en el sector más abierto y crítico del PP, sus últimos movimientos son un tanto desconcertantes. Su pacto con Sánchez siempre nos pareció un error, porque le alejaba de su primitiva posición de buscar un acuerdo con todos los partidos constitucionalistas con apoyo a la lista más votada. Ahora no sabemos si pretende reeditar el pacto con los socialistas a tenor de la impostada agresividad que esgrime contra Rajoy y su partido, o si está intentando cambiar de caladero y pescar en las turbulentas aguas socialdemócratas. Lo que es poco serio es que los políticos se nieguen a desvelar los pactos que piensan realizar y tomen por idiotas a los electores. Tampoco es de recibo que Rivera cuando denuncia la corrupción utilice torticeramente una doble vara de medir como se comprobó en el debate a cuatro.

Y no es lo peor, porque la fuerza moral de C’s residía no sólo en su programa regenerador (cada vez más diluido) de la democracia española sino en construir un partido capaz de romper con los viejos hábitos de la partitocracia, y aquí es donde reside el gran fiasco de C’s, que (siendo Rivera tan proclive a entrometerse en lo que deben hacer los demás) oculta como puede una crisis interna que alcanza a distintas provincias, donde detrás de una propaganda engañosa sobre la maravilla de las elecciones primarias solo hay unas prácticas aparatistas (donde el dedazo se impone siempre al talento y a la transparencia) que lo convierten en un partido como los demás, y que generan entre los afiliados un malestar crítico creciente.

La salida de esta crisis no se verá en estas elecciones ni se hará realidad mientras no mejore nuestra clase política, aparezcan nuevos liderazgos y se transformen nuestros partidos (los viejos y los que se dicen nuevos). Así las cosas, no es sorprendente que la tercera parte de los electores no sepan a quien votar.

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Acerca de Gerardo Hernández Les

Ex miembro del Consejo de Dirección y del Consejo Político de UPyD.
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