Yuri Korchagin: “No se resolverá ninguna crisis en el mundo sin el concurso de Rusia”

El embajador ruso en España denuncia los intentos por “deshumanizarnos y barbarizarnos”, y la tentación de “disolvernos y repartirse el botín”

Desde que Madrid y Moscú restablecieran sus relaciones diplomáticas los embajadores rusos en España han instaurado como tradición venir con un amplísimo bagaje de conocimientos, no solo del país de destino sino también de su cultura anclada en Iberoamérica, además claro está de conocer realmente a fondo la lengua española.

El actual jefe de la diplomacia rusa en nuestro país, Yuri Korchagin, mantiene y ensalza esa tradición, al tiempo que explica con tenacidad y contundencia, no exenta de humor e ironía, la visión que la Federación de Rusia tiene del actual y delicado momento por el que atraviesa nuestro mundo. Tocaba hacerlo en el Foro Internacional de Nueva Economía y empezó con aterciopelada brutalidad: “Vivimos en tiempos de mentiras”, aludiendo especialmente a las que, a su juicio, se expanden por todos los medios europeos y norteamericanos.

Antes de desgranar y contrarrestar las acusaciones largó una conclusión demoledora: “Rusia ha ejercido y ejerce un papel estabilizador en la geopolítica mundial, de manera que sin su concurso será absolutamente imposible arreglar problema alguno”.

Korchaguin, que fue presentado por el presidente del Senado, Pío García Escudero, trazó un apunte histórico: “Occidente ya empezó a percibir a Rusia como antagonista en el siglo XVIII, cuando colisionaron los intereses rusos con los de una Suecia emergente y con ambiciones imperiales. La derrota sueca en 1709 cercenó los anhelos de Estocolmo, pero hizo pensar a las potencias de entonces que la irrupción de Rusia significaría que su creciente poder sería a su costa”.

Korchaguin enlazó directamente aquellos acontecimientos en el Siglo de las Luces con los Estados Unidos de Barack H. Obama, a quién acusó sin ambages de haber estado influido por los consejos de Zbignew Brzeczinski. La principal tesis, que atribuyó a éste y a muchos otros innominados personajes políticos influyentes, sería que “ahora habría llegado el momento de disolver Rusia y repartirse el botín”. En esa estrategia estarían los intentos de romper los lazos de unión que siempre han existido con Ucrania y anular la “natural voluntad de la Unión Europea por establecer relaciones más profundas con Moscú”. Paralelamente, la opinión pública occidental estaría bombardeada por continuas consignas tendentes a “deshumanizarnos, a barbarizarnos, y a hacernos únicos responsables del actual caos, como si fuera una estrategia elaborada desde la oscuridad de los despachos del Kremlin”.

Cuando se le mencionó la política de hechos consumados para anexionarse Crimea y amenazar a los países bálticos, hoy integrados en la Unión Europea, Korchaguin no se salió del guión: “En Crimea fueron primero sus habitantes [ucranianos mayoritariamente rusohablantes] los que proclamaron la independencia, ratificada después mediante referéndum”.

Respecto de las repúblicas bálticas, aunque no citó expresamente a Letonia, la acusó de no respetar los derechos como ciudadanos de su amplia población de raíz rusa. Dejó flotando en el aire la sospecha de que el Kremlin defendería, incluso militarmente, a esas personas, si bien negando que Moscú prepare los tanques para intervenir en tales territorios. Al mismo tiempo acusaba a la OTAN de haber emprendido una expansión hostil para acorralar a Rusia. No descartó en consecuencia que estemos ahora mismo “en los umbrales de una nueva Guerra Fría”, aunque ahora los antagonismos no sean ideológicos, como sucediera en el anterior periodo (1948-1981).

El embajador ruso tampoco tuvo empacho alguno en proclamar que “Rusia es el único actor extranjero que interviene en Siria con arreglo al Derecho Internacional: a petición de un gobierno legítimo [presidido por el dictador Bashar Al-Assad], para defenderlo tanto de un alzamiento rebelde como del terrorismo yihadista del Daesh”. Ello le dio pie para justificar que si Siria está siendo reducida a escombros -van ya seis años de guerra sin cuartel-, es por la negativa real de Occidente a cooperar para aniquilar al autodenominado Califato de Al-Bagdadi.

Regaló los oídos al Cuarteto de Versalles (Alemania, Francia, Italia y España), a quienes pidió realicen una política europea “independiente”, capaz de construir un inmenso territorio de prosperidad “desde Lisboa a Vladisvostok”, idea que según Moscú ya apoya plenamente Angela Merkel, y que ensancha el horizonte que ya enunciara el general De Gaulle cuando preconizaba una política no supeditada a los intereses de Washington, “del Atlántico a los Urales”.

Reconoció que las sanciones internacionales dañan a su país, pero que también perjudican la relación Rusia-UE. “Hemos llegado a ser el tercer socio comercial de la Unión Europea, y podríamos ir mucho más lejos”, exhibiendo el poderío ruso en materia de hidrocarburos, pero también como actual primer productor de grano del mundo. Ironizó sobre que el FSB (sucesor del antiguo KGB) haya tenido algo qué ver en el Brexit, y subrayó que el presidente norteamericano, Donald Trump, y el de Rusia, Vladímir Putin, no se han visto nunca, “solo han hablado por teléfono”. Justificó las ostensibles simpatías que sienten por el actual líder estadounidense en que, con él, “pueden arreglarse unas relaciones [ruso-norteamericanas] que estaban en el nivel cero” con Obama.

Obviamente, esquivó cualquier intención de chantaje en los encuentros entre funcionarios rusos y personalidades norteamericanas; justificó que Putin recibiera a Le Pen como a cualquier político que aspire a la Presidencia de Francia, y negó que exista una relación especial con los dirigentes de Podemos, “un partido político plenamente legal con una amplia representación parlamentaria”.

Acerca de Pedro González

Periodista, experto en Política Internacional. Fue director de Redacción de Euronews y fundador del Canal 24 Horas de TVE.

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