El cambio climático según Humboldt

No hay alternativa al acuerdo de París sobre el cambio climático, no hay otro planeta

Donald Trump también está reculando en su propósito de deshacer el compromiso de Barack Obama para reducir las emisiones de carbono

Fue Humboldt el primero que esbozó el cambio climático como condicionante fundamental de la vida en la Tierra. Sus advertencias eran a muy largo plazo, y eso, para los políticos, es como evocar el día del Juicio Final. Pero, para los terrícolas esa fecha podría no estar tan lejana, amenaza que supuso el que prácticamente todos los gobiernos del mundo —democracias, dictaduras, satrapías y dictacracias— se pusieran de acuerdo en París para conseguir que antes del año 2100 la temperatura media de la Tierra no aumente más de dos grados centígrados.

Para los políticos, a menudo incapaces de fijarse metas consistentes para una simple legislatura, un objetivo a casi un siglo vista puede ser más que una quimera. Sin embargo, en esta ocasión estamos ante un desafío de cuya envergadura han tomado conciencia no sólo los gobiernos, sino también y sobre todo, gran parte de los componentes de la sociedad civil.

La llegada al poder del presidente norteamericano Donald Trump ha hecho temer por la vigencia del Acuerdo de París, conseguido al cabo de largas y arduas negociaciones. Pero, la inquina personal que enarbola Trump hacia su antecesor en la Casa Blanca, en ésta y otras cuestiones de consecuencias planetarias, provocó un pesimismo casi general.

Enarbolando esas dudas la Fundación Alternativas convocó su Foro de Sostenibilidad, en el que reunió al actual comisario Europeo de Acción por el Clima y Energía, Miguel Arias Cañete; al exvicepresidente de la Comisión Europea y actual presidente de la Fundación Iberdrola, Manuel Marín; a las dos últimas directoras de la correspondiente Oficina Española, Teresa Ribera y Valvanera Ulargui, y a un nutrido grupo de expertos y especialistas en todos los aspectos del cambio climático.

La principal conclusión que cabe extraer de tan denso seminario es que la furia derogatoria con la que Trump irrumpió en la Casa Blanca está amainando, incluyendo su anunciada intención de no cumplir con el Acuerdo de París. También aquí cabe felicitarse por que la arquitectura de contrapesos de poder en Estados Unidos, los famosos checks & balances están funcionando, y que el teórico hombre más poderoso de la Tierra no puede hacer lo que le dé la real gana.

La tecnología lo condiciona todo

No es efectivamente tan fácil revertir una decisión que afecta a toda la humanidad. Es más, si solo nos atuviéramos a una mera política de intereses, los gobiernos, empresarios, promotores o inversores, no tienen otro remedio que desarrollar lo firmado en París.

Estamos ante un problema global e intergeneracional, que por supuesto tendrá muchos perdedores (los que se aferran a los combustibles fósiles más contaminantes), pero que permitirá que el planeta no se colapse. Y no hay plan B, no puede haberlo, porque sencillamente no hay otro planeta.

En el Foro se puso de manifiesto que la tecnología está consiguiendo abaratar las hasta ahora caras, incluso prohibitivas por sus costes, energías renovables. Pero, será importante conseguir que los países más industrializados, y obviamente Estados Unidos a la cabeza, financien la transferencia de esas tecnologías a los países en desarrollo. Irá en su propio beneficio, porque esas nuevas potencias emergentes no tendrán entonces la tentación de recurrir a las energías fósiles y minerales sucias para impulsar su propio progreso.

Admitida ya general y científicamente la mutación climática, los gobiernos deben actuar conjunta y solidariamente, ya que se trata de un reto global al que nadie puede enfrentarse solo, especialmente si va en contra de la tendencia general.

Nuevas políticas de inversiones

Los impactos del aumento medio de ya más de un grado de temperatura a nivel global están teniendo efectos devastadores a lo largo y ancho del planeta, lo que está causando más desempleo, mayor pobreza, desigualdad y migraciones. No cabe sino constatar que muchos humedales se han transformado en desiertos en China; que lluvias torrenciales e inundaciones han obligado a desplazar a grandes poblaciones en India o Argentina; que se están produciendo sequías históricas en lugares tan diversos como Bolivia, Etiopía o Guatemala.

España no solo no se salva de tales impactos sino que es de los países más amenazados de desertización. Ello se traduce en que nuestra agricultura debe adaptarse, y rápidamente, a cambios en los patrones de lluvias y temperaturas extremadamente oscilantes que dificultan la producción de alimentos. Asimismo, las ciudades también habrán de modificar sus comportamientos para enfrentarse a olas de calor cada vez más habituales.

Por tales razones, el cambio climático está determinando cambios en el comportamiento de los inversores. Alguien que quiera meter dinero en la producción de café, por ejemplo, ya no buscará hacerlo a 800 metros de altitud en Centroamérica, el ideal de siempre para obtener los mejores granos, y deberá hacerlo en alturas superiores. Los productores de automóviles se plantearán cada vez más la disyuntiva entre los vehículos eléctricos y los tradicionales. Los gobiernos también deberán escoger entre fomentar políticas encaminadas a concentrar a las poblaciones en grandes megalópolis urbanas o bien impulsar el desarrollo de ciudades medias.

Aire limpio y negocio

En todo caso, se ha roto la ecuación que aunaba desarrollo y contaminación. El reto del cambio climático demuestra que ya no tiene por qué ser así. Si China se ha adherido entusiásticamente al Acuerdo de París no es solo por altruismo: resuelve en primer lugar su propio problema interno de un aire irrespirable, empezando por la propia capital, Pekín, pero al mismo tiempo se posiciona tecnológicamente para favorecer los negocios internacionales de sus empresas instaladas en energías limpias.

Esa misma tendencia se va imponiendo en la Unión Europea, a quién hay que reconocer su papel impulsor en el uso de las energías renovables. Queda mucho no obstante por hacer, empezando por reajustar el mercado de emisiones contaminantes mediante la implantación de una autoridad federal, capaz de retirar de ese mercado una gran parte de esas emisiones que los países compran y venden libremente. O, también, poniendo fin a la aberración de los precios del carbón, hoy entre 4 y 5 euros por tonelada, cuando su abanico debería situarse en no menos de los 25-30 euros, lo que evitaría que aún se utilice mucho más de lo que el interés general requiere.

Lejos del habitual pesimismo, el Foro Alternativas de Sostenibilidad puso de relieve que cada vez hay un mayor número de países que están apostando por políticas climáticas ambiciosas, fomentando el uso de energías renovables, medios de transporte bajos en emisiones, edificios que producen energía limpia y muchas otras medidas, que están teniendo como resultado una mejora de los niveles de innovación y competitividad de estos países, además de crear miles de nuevos empleos. Sólo en el sector de las energías renovables se calcula que ya existen 8,1 millones de personas empleadas en todo el mundo.

Donald Trump, en fin, podrá ralentizar el cumplimiento de los acuerdos de París, pero el reto le trasciende de largo. La humanidad debe mirar al 2100 y él permanecerá en la Casa Blanca cuatro años. Los estados, que en Estados Unidos tienen y ejercen mucho poder en esta materia, ya están actuando para que en Washington (o en Mar-a-Lago) no se adopten decisiones perjudiciales e irreversibles para todos.

Acerca de Pedro González

Periodista, experto en Política Internacional. Fue director de Redacción de Euronews y fundador del Canal 24 Horas de TVE.
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