Los origenes del yihadismo

Los orígenes del Yihadismo

Son muchas las voces, practicantes del antiamericanismo barato y falsamente progresista, que sitúan los orígenes del Yihadismo en las intervenciones de EE.UU. en Afganistán, Iraq o en otros lugares del planeta. Olvidan que los orígenes de este desgraciado fenómeno son dos: uno externo a Occidente y otro generado en casa.

Lo que en principio se llamó Integrísimo Islámico hunde sus raíces en la llamada Revolución Blanca, llevada a cabo en Irán durante el régimen del Sha, Mohammad Reza Pahlevi. El “Rey de Reyes” de la otrora Persia, se dio a una política de occidentalización de su país a marchas forzadas y forzando a su población a hábitos y costumbres totalmente contrarios a su idiosincrasia. La reforma agraria, la participación de los trabajadores en las ganancias empresariales, el voto femenino o la lucha contra la burguesía local, fueron aspectos plausibles que, en principio, no tenían por qué merecer la censura de nadie. Pero, paralelamente a estos avances, se introdujo el consumo de alcohol, el excesivo de tabaco, los juegos de azar, una artificial libertad sexual (que supuso un aumento de la prostitución) y las incipientes drogas contemporáneas. Todo ello envuelto en un referéndum sin contradicción ni garantías, en el año 1963. Irán dejaba de ser la Persia de Ciro El Grande, feudo de señores de horca y cuchillo; aunque pomposamente celebrara los 2.500 años de una Monarquía que Pahlevi teatralizó 4 años después, en un intento por conciliar un sinfín de sentimientos e ideas en contra que ya asomaban su rostro reprobador.

Pero lo que marcó el principal punto de inflexión, a mi juicio, fue la ley que obligó a las funcionaras a quitarse el chador. Entra aquí en escena, si no es que no lo ha hecho en los acontecimientos antes narrados, la Emperatriz, Farah Diba. Esta mujer, hija de un capitán del Ejército Imperial, había recibido una educación occidental en su país; concretamente, en la Escuela Francesa de Therán, centro docente para las señoritas de clase alta de la sociedad persa. Posteriormente, realizó estudios de arquitectura en París, llevando, como es lógico, una vida de privilegio conforme a su rango de “princesa” oriental; aunque no lo fuera. Diba, pese a su origen y dinero, no formaba parte de la nobleza. Fue en una visita del Sha a Francia cuando se conocieron; él repudió a su entonces esposa, la Emperatriz Soraya, quien no conseguía quedarse embarazada, y el “Rey de Reyes” necesitaba un heredero. Se casaron y a los 10 meses, la nueva Reina daba a luz al actual monarca sin corona y en dorado exilio, Reza Pahlevi.

Junto a sus estudios y fastuosa vida, con viajes por toda Francia, Gran Bretaña y los Estados Unidos, la joven Farah se impregna de feminismo. Una vez como consorte del Jefe del Estado, en un ataque de occidentalismo a ultranza, logra que su marido promulgue la ley anti chador.

Y es aquí donde los occidentales debemos hacer un alto y remontarnos en el espacio psicológico y conceptual. Sucede que el cabello femenino tiene para el varón oriental un excitante erótico que no lo tiene para el occidental. ¿Por qué? No lo podemos saber en estas latitudes, pues cada cultura tiene el eros y el pudor donde lo tiene. Lo cierto es que es así y por ello gran parte del Oriente (o mejor, Orientes) mantiene la cabeza femenina tapada, para proteger a las mujeres de la libidinosidad masculina. Claro que nos suena extraño; y nos suena, por la simple razón de que no somos orientales. Aunque el velo sea preislámico y no sólo oriental; muchas fuentes lo atestiguan; ahí están las veladas estaturas femeninas greco-latinas. El hecho de que nuestras monjas se cubran la cabeza es huella del Judaísmo —inspirador del Cristianismo— ordenando que la mujer, en lugares sagrados, cubra sus cabellos; como hasta hace poco lo hacían nuestras madres y abuelas para ir a la iglesia.

La ley anti chador, por influjo de Farah Diba, obligó a que todas las funcionarias fuesen a trabajar desprovistas del manto protector. Así, médicas, maestras, policías o empleadas de ministerios, se vieron de la noche a la mañana desnudas ante sus compañeros masculinos en todo sitio y lugar. Lo que provocó desobediencia de la ley, despidos, deserción de los puestos de trabajo y hasta suicidios. Fue tal la rebelión de las mujeres que un 20% de los presos políticos del régimen del Sha lo fueron del sexo femenino.

Esta ley fue la gota que acabó por llenar el ya repleto vaso de desafección entre el Estado y el clero iraní, de variante chiíta. Su máximo líder, el ayatollah Ruhollah Jomeini, se exilió durante 16 años en Iraq; los pocos meses que pasó en París fueron para entrar triunfante en un Irán entregado hasta hoy a una de las teocracias más extremas del mundo. Sucedió en 1.978, con el Sha camino del exilio.. A partir de entonces, en todo el orbe del Islam se inicia una interpretación extremista de El Corán, por parte de inquisidores que, ante todo, procuran una limpieza anti occidental tanto de sus Estados como de sus sociedades. Una vez que esto fracasa o triunfa de forma moderada, vuelven sus ojos torquemadescos contra el Satán culpable de todo: Occidente en su conjunto.

Y hasta el día de hoy, con los últimos atentados. Resultado todo ello de esa occidentalización a punta de pistola en Irán, a lo que han venido a agregarse las invasiones americanas de Afganistán e Iraq; que, por supuesto, no han hecho más que agravar lo ya complicado; pero como se puede apreciar por lo arriba expuesto, no han sido la causa originaria.

Los atentados que estamos padeciendo en Occidente no sólo son producto de lo anterior, sino de la difícil —o imposible— adaptación de las comunidades islámicas instaladas en nuestros países; me arriesgaría a decir que es lo determinante. Es la causa generada en casa a la que me refería al principio. Pero es tema para otro artículo.

Acerca de Miguel Manrique

Periodista colombiano, afincado en España.
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