Lula da Silva, durante un mitin el 1º de mayo en Sao Paulo | Ricardo Stuckert – Instituto Lula

La aparatosa caída de Lula da Silva, primer ex presidente de Brasil condenado por corrupción

Un artículo de Pedro González en El Debate de Hoy

El último ídolo global de la izquierda democrática era el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, cuyo pedestal se ha hecho añicos merced a la sentencia dictada por el juez federal de Curitiba, Sergio Moro. Lula es el primer expresidente de Brasil condenado por corrupción y blanqueo a nueve años y medio de prisión, diecinueve de inhabilitación para el ejercicio de toda función pública y una multa adicional de 669.700 reales (180.000 euros).

De natural descreída, la izquierda tiene un problema con la entronización de sus “dioses” terrenales. No se trata, por supuesto, de los sanguinarios dictadores de izquierdas, cuya estela de barbaridades absolutistas es directamente proporcional al gigantesco tamaño de las estatuas que sus súbditos esparcen por sus dominios, ya fueran de Lenin, de Enver Hoxha o de la dinastía de los Kim. Pero también la izquierda democrática tiende a crear sus ídolos, atendiendo a la simplista dicotomía de los malos malísimos frente a los buenos buenísimos, donde ni que decir tiene que estos últimos son los que encarnan el tantas veces prometido paraíso en la Tierra.

En su contraposición a los valores del capitalismo liberal, que identifican sin más con la derecha, los valedores de la izquierda aureolan a sus ídolos con las virtudes de una honradez a prueba de bombas, a modo de encarnación en un hombre o mujer de la que sería la honestidad sin tacha del pueblo, ahora trocado en un término aún más abstracto: la gente.

La reciente historia está, no obstante, plagada urbi et orbi de líderes izquierdistas santificados cuales dioses de comportamiento intachable, probidad archidemostrada, austeridad por naturaleza y rocosa e imbatible resistencia a cualquier tentación que tuviera que ver con el dinero; la carne, como sucedía con los dioses griegos, era y es naturalmente otra cosa.

El último ídolo global de la izquierda democrática era el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, cuyo pedestal se ha hecho añicos merced a la sentencia dictada por el juez federal de Curitiba, Sergio Moro. Lula es, así, el primer expresidente de Brasil condenado por corrupción y blanqueo a nueve años y medio de prisión, diecinueve de inhabilitación para el ejercicio de toda función pública y una multa adicional de 669.700 reales (180.000 euros).

El juez sentenciador halla culpable al expresidente de haberse lucrado con sobornos en especie por valor de 1,2 millones de euros, que comprenderían un apartamento tríplex en el cotizado balneario de Guarujá, la reforma y decoración del mismo y el almacenamiento de sus bienes personales al dejar la residencia presidencial del Palacio de Planalto, en la capital, Brasilia.

El habitual ataque a la Justicia

Como también suele ser habitual en la izquierda cuando, rea de delitos que cree que solo pueden cometer gentes de la derecha, se derrumba alguno de sus ídolos, la reacción ha sido la de atacar a la Justicia, acusando al juez Moro de haber dictado una “sentencia eminentemente política”. Al parecer, el hecho de que este mismo juez haya enviado ya a la cárcel, por los mismos delitos, a decenas de políticos y empresarios, de izquierdas y derechas, no es antecedente suficiente para respetar su imparcialidad. Cierto que la justicia brasileña es, a semejanza por cierto de la española, terriblemente lenta, pero, cuando la práctica totalidad de la clase política y buena parte de la empresarial está encausada por corrupción, arremeter también contra el poder judicial equivale a taponar cualquier vía de salida democrática para la regeneración institucional.

Lejos de entonar cualquier frase de contrición, Lula da Silva se ha reafirmado en presentarse a las elecciones presidenciales de 2018, autoimbuido de poseer el respaldo mayoritario del pueblo: “En política –ha dicho- el único que puede decretar mi final es el pueblo brasileño”, apelación que deja sobreentender su natural superioridad sobre la Justicia. Remacha ese clavo Gleisi Hoffmann, líder del Partido de los Trabajadores que, tras calificar la sentencia de “vergonzosa”, anticipó su comportamiento ante esas próximas elecciones: “No aceptaremos ningún resultado sin Lula”. No menos rotunda se ha mostrado, asimismo, Dilma Rousseff, al señalar que “el pueblo lo rescatará [a Lula] en 2018”.

Queda, pues, un año largo para la celebración de esos comicios y de aquí a entonces Lula podría sentarse de nuevo en el banquillo por otras cuatro causas pendientes, todas ellas por casos de corrupción: compra, con dinero procedente de sobornos, de un terreno en Sao Paulo para la edificación de un hipotético Instituto Lula para divulgar su legado político; presuntas comisiones de 600.000 euros para influir en su sucesora, Dilma Rousseff, para la adquisición de aviones de combate suecos Gripen; supuesta compra del silencio del exsenador del PT Delcidio do Amaral para evitar la declaración inculpatoria de un directivo de Petrobras, y acusación de tráfico de influencias, lavado de dinero y formación de una organización criminal junto a Marcelo Odebrecht, el mayor constructor de América Latina, para la obtención de contratos y consiguiente financiación con dinero público a lo largo y ancho del continente.

También podría sustanciarse la apelación que Lula interpone frente a esta primera sentencia condenatoria. Si el Tribunal Superior (TRF-4) la confirma, Lula no podría presentarse como candidato a las elecciones presidenciales y tendría que ingresar en prisión, aun cuando prosiga su periplo de recursos hasta el Tribunal Supremo Federal.

Una cruel decepción

La caída del “dios” Lula podría prolongarse, además, en otros seis procesos, en los que, además de Odebrecht, aparecen implicados otros dos gigantes: la petrolera semiestatal Petrobras y la frigorífica JBS. El caso se puede complicar, en la medida en que varios ejecutivos de JBS han declarado que Lula habría recibido hasta cincuenta millones de dólares de Odebrecht, que estarían depositados en cuentas opacas situadas en paraísos fiscales. Son palabras muy mayores que, caso de confirmarse finalmente por los tribunales, aumentarían la decepción.

Todo ello ha ocurrido con el Partido de los Trabajadores (PT) en el poder, primero con Lula da Silva (2003-2010) y su sucesora, Dilma Rousseff (2010-2016). Es en ese tiempo cuando se urdió y se consumó la gigantesca corrupción sistémica de Estado conocida como Lava Jato (Lavado Express), cuestión por la que se sientan también ante la Justicia, o han sido ya condenados, 8 ministros, 29 diputados, 42 senadores y los dos expresidentes. Ciertamente, un cataclismo monumental, que podría también afectar al actual presidente, Michel Temer, tal ha sido la envergadura de la metástasis producida por este cáncer.

 El juicio de la Historia

Los libros de Historia no le podrán negar a Lula da Silva sus méritos como gobernante: supo aprovechar el camino trazado por su antecesor, Fernando Henrique Cardoso, de forma que sus políticas sacaron de la pobreza a 30 millones de brasileños, redujo en más de un 40% la tasa de analfabetismo e impulsó medidas fiscales que permitieron al poder central sacudirse en gran parte la pesada tutela de los estados federados y acometer decisivas obras de infraestructura y modernización en casi todo el país.

Lo hizo, sí, un modesto individuo de Garahuns (Pernambuco), un obrero fundador del PT y presidente del Sindicato de los Metalúrgicos, que llegó a la Presidencia de Brasil tras dos elecciones fallidas. La izquierda lo elevó a los altares laicos cual mesías tanto tiempo aguardado. Ese fue una vez más el error, porque Lula, como tantos otros, al final ha resultado ser un político al uso: brillante y meritorio, al menos más que muchos otros, pero igual de humano y corrompible que ellos. Su caída provoca una amarga melancolía por lo que supone de decepción en relación inversa con las expectativas creadas. Malo, por lo tanto, para una sociedad que, a pesar de todo, quiere aferrarse a los buenos ejemplos y no tener que lamentar la generalización de la caída en la tentación de meter la mano en la caja.

Como reza la propia sentencia del juez Moro, “es lamentable que el expresidente de la República sea condenado criminalmente, pero la culpa de ello son los delitos consumados por él y no la aplicación de la ley”. Un enunciado que ya parecía prever la reacción airada del PT. Y que, a modo de advertencia para todos los partidos y los poderosos, concluye: “No importa cuán alto seas, la ley siempre estará por encima de ti”.


FUENTE ORIGINAL: El Debate de Hoy

FOTO: Ricardo Stuckert – Instituto Lula

Acerca de Pedro González

Periodista, experto en Política Internacional. Fue director de Redacción de Euronews y fundador del Canal 24 Horas de TVE.
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