Lo que pasa es que no sabemos lo que nos pasa. Esta frase expresaba la confusión de una clase dirigente en la España del primer tercio del pasado siglo, una España preñada de tensiones que estallaron en guerra civil. Nadie había sido capaz de hacer un diagnostico del problema para superar el ideal revolucionario de la izquierda más radical y los gobiernos de la República no supieron aplicar soluciones al conflicto latente para gestionarlo dentro de un escenario de paz.
Ahora, andando el primer cuarto del siglo XXI, un clima de confusión se ha instalado en Europa y sus consecuencias son de distinta intensidad, pero en todo caso de tristes consecuencias para amplios sectores sociales. Cabe sostener que la gestión de los gobiernos no está a la altura que exige un cambio que nació por el derrumbamiento del socialismo real. Sus efectos retardados tienen y tendrán una dimensión que marcará profundamente el modo de vida de este nuevo Siglo. Nadie puede esperar que los más de cinco millones de españoles sin trabajo y los más de veinticinco millones que se suman entre Francia, Italia, Gran Bretaña, Grecia, Irlanda e, incluso Alemania, puedan alentar la esperanza de recuperar un sistema económico de alta empleabilidad que funcionó para las generaciones precedentes.






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